domingo, marzo 02, 2025

Ojosverdes

Una cosa tan simple como una sonrisa. De pronto y sin darse uno cuenta la vida lo hizo a uno adulto. Casi cincuentón, con una rutina, obligaciones y una resignación en paz a las cosas que no se pueden cambiar.
Me hizo gracia una viñeta que decía "la vida tiene que ser más que ir a trabajar cinco días a la semana y los sábados ir al super".
Y si, concuerdo pero también es un poco lo de cada mes. 
Hoy, por enfermedad de C y mi entusiasta disposición a hacer las compras me fui - después del trabajo y un almuerzo con mis padres a hacer las compras del mes.
Un paréntesis sin sentido pero con sentido sentido: llevaba meses pensando en comer unos mejillones de lata acompañados con una cerveza con mi papá. Veía que el lo hacía con el suyo y ahora es un pequeño deleite para mi.
Pues en fin de mes, con el carrito lleno escogí una de las filas que aposté sería la que más rápido caminaría. 
Me tomó al menos un minuto darme cuenta de quien estaba enfrente. Entre el calor y el hastío es fácil abstraerse. Una pareja de treinteañeros, comprando vino barato y queso ricotta demostraban la separación qué acompaña la cotidiana y aburrida monotonía. Él sin despegar la vista y las manos del celular, ella intentando distraer con la mirada la aburrida espera. 
Diez segundos me bastaron para reconocer en ella una belleza poco frecuente. Muy alta, pelo lacio avellanado, estilizados gestos y ojos verdes. Todo diferente a las habituales parroquianas.
Un súbita atracción por ella me invadió; tuve que hacer lo único que la vida me enseñó que era lo prudente: hacerme el loco. Para ser más específico hacer como que miraba los anaqueles o que tenía un profundo interés en los chocolates del anaquel contiguo a la caja registradora. Así pasaron largos cinco minutos en los que su sola presencia fue una excitante emoción. Se veía muy sola a pesar de estar acompañada de un tipo con tirantes bastante poca cosa para ella.
En un momento, que para mí fue de eternos dos segundos, volteó hacia mi viéndome directo a los ojos. Clavé la mirada esbozando mi mejor sonrisa pero sin desviar la mirada. Me parece que si dos desconocidos mantienen la mirada a los ojos se establece una complicidad. Y ahí estábamos, cómplices en el tiempo reducido. Ella entonces me devolvió una sonrisa qué incluía ojos, o sea, de la buenas sonrisas.
De todo pasó por mi cerebro y la verdad me atonté. Ya no volvimos a establecer nada, ellos solo pagaron y se fueron, yo solo pagué y me fuí. La cuestión es: hay años de la vida en los que cada día es una emoción, hay años de la vida en que una sonrisa es la emoción del mes. No hay deseos, no hay traiciones, solo el sentir una conexión volátil y efímera hace que la vida tenga esas pequeñas emociones inesperadas qué te recuerdan que el caos es para todos, las moléculas van y vienen y hay historias que quedan por siempre inconclusas. Salud. 

sábado, mayo 19, 2018



Camaleón

Si fuera camaleón mis colores serían tristes
quizás tan tristes
que evocaría en cualquiera que pretendiera cazarme
una depresión tan pero tan profunda
que perdería por completo el apetito,
no solo por mí sino incluso por la vida misma
y ya nada le parecería igual
y el verde frondoso se tornaría en grises y negros
y sus días serían también grises y negros
y hubiese deseado no haberme encontrado
tanto, casi tanto,
como mi deseo de que aquel día
me hubiese por fin devorado.

sábado, enero 27, 2018


Vampiro

Eran otros tiempos y yo solía tener más colores,
No había llegado hasta acá, vos sabés, vos estabas allí
Lejos, muy distante, observabas un atardecer que en realidad era yo
Supe entender algo en ese momento de confusión
Un amanecer  de sangre y un sol redentor
Recibí un deseo venido del este, engendrado más allá del mar
Y supe abrazarlo y retenerlo,
Con la ingenuidad que requiere una ilusión, fui todo lo estoico que pude
Puse la lógica, puse lo racional como una barricada
Intentando evitar una invasión de sentimientos
El tiempo auguraba un desastre inminente,
La distancia predecía una derrota asegurada
No queda más que decir, acá estoy
En un campo de guerra vacío, esperando tu colisión
Un encuentro de almas que no sucederá, alejados
No sabés de mi vocación por los imposibles
Yo espero ser devorado y no lo sabés
Sólo espero que lo intuyás, y que regresés
Y que seas un buen vampiro y me robes la sangre
Y que me drenés hasta devolverme el color
Todo lo que espera se inflama
Y yo ya estoy ardiendo

Y acá estoy, esperándote en llamas.

viernes, enero 15, 2016

No era necesario alinear planetas ni nada parecido, simplemente estaba en Londres a la hora de Bowie y a la hora post Bowie. En los días siguientes al gran suceso vino un gran calor y un ardiente frío a la vez. Alguien vio a Poe ésa noche y lo reportó a la policía, consta en los archivos de Scotland Yard. También hubo muchas transfiguraciones, la mayoría confundidas con sueños o pesadillas y pasadas por alto dado que la mayoría de los afectados dormía cuando éstas sucedieron. En la noche de la locura ella simplemente se dejó llevar por el hedonismo. Los sentidos y los placeres fueron. No había hombre ni demonio para ella en esas horas oscuras, pues ella fue hombre y mujer y demonio y Baco y esa noche se hizo eterna.
y a la mañana siguiente...

martes, octubre 30, 2012

Maquinista verde


Cierta noche el maquinista de un tren decidió probar suerte en el amor después de leer un viejo libro de poemas de Pessoa. Llevaba ya un tiempo haciendo el recorrido en la costa, viajando entre las plantaciones de plátano, aburriéndose de las moscas en los andenes, viendo a la gente moverse en remolinos y a tropezones en cada estación. Hasta entonces el joven maquinista había mostrado poco interés en las personas. Las miraba subir al tren como el niño que ve en el hormiguero alborotado una imagen global de movimiento sin detenerse demasiado en las singularidades.

Aquella noche el maquinista leía a Pessoa -y a su vez a Caeiro- poema tras poema a la luz de un candil de gas. Con cada cigarrillo que liaba y cada página que transcurría se acrecentaba el deseo por buscar algún amor. Ocasionalmente detenía la lectura para imaginar comidas en la playa, proyecciones de cine con su mano descansando en algún muslo y las palabras que dejaría caer por detrás de alguna oreja. Incluso se vio a sí mismo operando la locomotora inundado de saudades. Sentía que había un ardor en el pecho que necesitaba ser extinguido y que la búsqueda que ahora anhelaba era el único camino para hacerlo. 

Como si se tratara de un viaje más, empezó a abrir los ojos del corazón en todos los pueblos por los que la ruta lo llevaba. Desplegaba su alma en cada estación, cafetería y pueblo por los que pasaba. No tardó mucho tiempo antes de encontrar una mulata de amplias caderas y ojos intensos en la última estación. Hay una diferencia sustancial entre buscar el amor y esperar a que llegue; nuestro maquinista salió a buscarlo. Al inicio le costó convencerla; su propia impaciencia lo desbordaba y la buscó con insistencia. Después de un tiempo y varias visitas por fin la mujer cedió. Y entonces todo marchó como en los poemas: se obsequiaron besos profundos y caricias sutiles; hubo cine y hubo playa; las palabras dulces les escurrieron de los labios y los viajes en el tren fueron dolorosas separaciones llenas de saudades.

El maquinista decidió entonces, sin pensarlo, darle todo su vino. Esto es, toda su esencia; hasta la última gota, su sangre y su vino; se dejó llevar por lo más primitivo de su instinto y le dio a la mulata la copa llena, su corazón y la copa llena. Todo fue en vano porque la mujer, mitad mulata y mitad delirio, al ver la copa llena deliró como sólo una mulata puede y se marchó con otro hombre, dejando al maquinista drenado y abatido. Sin sangre y sin vino. Lo único que le dejó fueron las saudades y la copa vacía. 

Por largo tiempo deambuló el maquinista como un espectro, dirigiendo la locomotora por los fértiles campos de la costa, viendo mulatas inexistentes por detrás de los árboles de plátano y tamarindo, con sabor de lágrimas en la saliva, sin entender la absurda lógica detrás de los delirios de las mulatas. Nunca más volvió a leer a Pessoa. Por las noches recordaba los senos turgentes de la mulata, apagaba el candil pero los recuerdos no cesaban. El tiempo pasó, el dolor cedió, las cicatrices quedaron. La noche de San Telmo descubrió al maquinista apoyado en la ventana, viendo el puerto y los buques que salían. Se recordó de Adamastor, el gigante de Camões que naufragaba los navíos portugueses en su ruta al Índico; pensó que él mismo era un naufragio. No un náufrago sino un naufragio. Y quiso dormir. 


A la mañana siguiente, antes de subir a la locomotora notó una pequeña maceta con una planta marchita que algún pasajero había olvidado la noche anterior. La observó largo rato: una ramita rota, las hojas caídas y un verde muy triste. Algo en él se conmovió así que la subió a la cabina y decidió curarla. Al pasar por el parque recogió un poco tierra, en el cuarto del hotel la cambió y la regó. 

Pasaron los días pero la moribunda no mostraba mejoría, aún así el maquinista siempre la llevaba. Iba y venía con ella en cada viaje, subiendo y bajando de la cabina maceta en mano. Después de muchos cuidados y palabras de aliento que el maquinista le daba en los trayectos, la planta por fin mejoró. No era gran cosa, ni siquiera tenía una flor pero demostró ser agradecida ante tantas atenciones y viajes. 

El maquinista sin notarlo también mejoró. Siguió viajando solo con su nueva compañía, recordando aquel naufragio pero ya sin sentirse náufrago ni naufragio. Ni siquiera veía mulatas inexistentes en los campos. ¿Y la pequeña planta? Jamás dio una sola flor pero creo que nunca una planta vio tanto mundo ni fue tan viajada.

lunes, junio 18, 2012

La conveniencia de no tener un río en la ciudad


Estuvo bueno no tener un buen río cortando en dos la ciudad como en las grandes ciudades que tienen un Danubio o un Sena dividiendo las calles y avenidas como una lágrima continua y perpetua (visible en esa forma solo para los suicidas momentos antes de lanzarse a las aguas que corren como lágrimas que corren). Las ciudades, ya sabemos, tienen la enorme desventaja de mantener a cierta cantidad de población en agonía y sufrimiento constante; en otras palabras un pequeño inventario de suicidas potenciales. Y ésto es así porque somos animales sociales que funcionan bien en grupos pequeños pero no tanto en las cantidades bestiales de personas que aglomeran las ciudades de hoy en día. Acá por suerte en vez de río tenemos barrancos. Hondos y profundos como el dolor; como cicatrices de alguna guerra de treintiséis años; como el fondo de la panza de un amante que recién descubre un amor traicionero de la mano de otro amante que no es uno sino otro y se pasean por el centro de la ciudad sin prisas; como el abismo que se abre cuando se cierran todas las oportunidades. Digo por suerte porque sospecho que nuestra cantidad de suicidas aumentaría notablemente con un río a la mano. Y es que no es lo mismo amarrarse una piedra y tirarse a un río que lanzarse a las piedras y convertirse uno mismo en el río, se necesita un poco más de coraje y sufrimiento para hacer lo segundo. O al menos eso creo, nunca antes fui suicida.